viernes, 19 de febrero de 2010

Carta apócrifa de Miguel Ángel Baixauli a Jesús Aguado.


“Tú y yo y el perro

estamos aquí, esto es lo que importa ahora.

En estos momentos pasarán cosas que de ningún modo pueden

.......ahora implicarnos

y eso está bien, es algo real, perpendicular al suelo

como el más temprano recuerdo, el primero, el menos complicado.


Tenemos a toda esa gente, y ahora nos tienen a nosotros.

Su decisión quedó aplazada, a la espera de que nosotros

.......diésemos el primer paso.

Pero ahora que lo hemos dado los resultados son insondables,

.......como si

una sola implicación pudiese hacer oscilar al universo entero

.......sobre su eje.

Estamos razonablemente preocupados por el nuevo relieve que

.......exhibe lo que antes

parecía finito y ahora parece infinito aunque asediado por

.......dudas graduales en relación

a aquello, sea lo que sea, que nos sucedió”.



(John Ashbery, fragmento de Viaje celeste, en Autorretrato en espejo convenxo, trad. de Julián Jiménez Heffernan DVD, ediciones, Barcelona, 2006)

Nota de Juan Bonilla sobre el poeta.



“No conozco a ningún poeta que lo sea tanto como Jesús Aguado, quiero decir que lo sea tan constantemente. Ha hecho de su propia vida un acto continuamente poético, a sabiendas de que la poesía es sustancia a la que no sólo se la detiene en unos versos, si bien son ellos la estación de destino natural y antigua donde la poesía quiere ir a parar.


Sin miedo a exagerar, es uno de los más verdaderos poetas de nuestro tiempo: poeta antiguo y moderno a la vez, capaz de hacernos sonreír y capaz de emocionarnos con aquella táctica antigua e infalible de los poetas: hacernos protagonistas de sus cantos. Sus náufragos, sus enamorados de lo imposible, sus heridos, son piezas de un puzzle milagroso y afirmativo. Su poesía no sólo nos refleja y nos conmueve: también, y sobre todo, nos da aliento y fuerzas para la celebración de todo lo que, por el mero hecho de ser, nos celebra. La poesía de Jesús Aguado es un sí rotundo.


Durante años vivió en Benarés, en otro mundo, dedicado a contemplar un río que nos mejora los rasgos, jugando al fútbol con niños que pasaban por allí, bicicleteando por las callejuelas atestadas, integrándose en procesiones extrañas y desintegrándose en oraciones que se inventaba. De allí se trajo uno de los libros más hermosos que se hayan publicado en los últimos años: La astucia del vacío.


Allí, en Benarés, se le vino encima una casa y salió incólume de sus escombros, sonriente ante el milagro de poder seguir sonriendo. Allí se salvó mediante el milagro de seguir poniendo las manos para recoger lo que los otros quisieran darle, lo que a los otros les sobraba. Allí volverá el día menos pensado para seguir hablándonos de lo que siempre nos ha hablado la poesía que importa: de nosotros mismos, como un espejo que ha perdido el azogue y nos presenta al desconocido impune que nos habita, el reflejo en el que nuestros rasgos se desdibujan para que nos veamos mejor.”


(Juan Bonilla, fragmentos del prólogo a Mendigo, Antología poética de Jesús Aguado 1985-2007, Ed. Renacimiento, Sevilla, 2008)

miércoles, 3 de febrero de 2010

punto de partida







“el poder para inocularnos a los espectadores ese mínimo de veneno homeopático que nos hiciera temblar ante lo desconocido: el arte que usa lo visible para religarnos a lo invisible”.


Jesús Aguado




Tanto esta cita del poeta como el origen del proyecto pertenecen al libro La astucia del vacío. Cuadernos de Benarés 1987-2004 (Ed. Narila, Málaga, 2005). En este libro fascinante Jesús Aguado cuenta, entre otras muchas cosas sobre la ciudad y sus estados de alma, cómo emprendió hace tiempo un curioso “ritual para conjurar la espera”: el hábito de fotografiar, con máquinas de usar y tirar, perros dormidos.



Aguado escribe en su libro sobre esas fotografías: “Tengo cientos. En las escalinatas que bajan al río, detrás de bicicletas o debajo de tractores y coches, hundidos en montoncitos de arena, en medio de la basura, escondidos en agujeros, sobre un fondo de ladrillos rojos de una obra o de una montaña de guisantes verdes desenvainados o de las carretillas de los basureros o de la ropa tendida, solitarios o en parejas o en grupos, en canalillos de desagüe para refrescarse en verano o sobre cenizas tibias en invierno para calentarse un poco. Quiero saber qué sueñan, y si es conmigo, y entonces qué. Su sueño protege un secreto que me concierne”.



El ritual cotidiano de recorrer la ciudad de Benarés (India) en busca de perros dormidos a los que fotografiar será el eje central de nuestra película. El resto del libro, fragmentos de poemas, anécdotas, anotaciones al vuelo de la desesperación o la esperanza, será nuestra guía para hilvanar pequeñas historias cotidianas, nuestro mapa de la ciudad para aprender, también nosotros, a perdernos en ella.





La película se dejará prender en la figura y la poesía de Jesús Aguado, poeta que vive desde hace años largas temporadas en la ciudad de Benarés. Él mismo, su presencia, su voz, el poeta en persona y las trazas de su impersonalidad estallada en la ciudad sagrada de la India, serán nuestros protagonistas. La película transitará entre la ficción y el documental, en busca de ese “arte que usa lo visible para religarnos a lo invisible”, allí donde realidad y ficción están íntima e indisociablemente ligados.



Jesús fotografía cotidianamente perros dormidos y recopila historias sobre ellos, cercando ese secreto encerrado en su sueño, historias de diversas tradiciones culturales y literarias. Su vida cotidiana en la película estará hecha de esta búsqueda de imágenes concretas y de todas las palabras asociadas a esas imágenes.



Filmar la palabra como algo visible: tarea cinematográfica que bordea lo imposible.