
Sin miedo a exagerar, es uno de los más verdaderos poetas de nuestro tiempo: poeta antiguo y moderno a la vez, capaz de hacernos sonreír y capaz de emocionarnos con aquella táctica antigua e infalible de los poetas: hacernos protagonistas de sus cantos. Sus náufragos, sus enamorados de lo imposible, sus heridos, son piezas de un puzzle milagroso y afirmativo. Su poesía no sólo nos refleja y nos conmueve: también, y sobre todo, nos da aliento y fuerzas para la celebración de todo lo que, por el mero hecho de ser, nos celebra. La poesía de Jesús Aguado es un sí rotundo.
Durante años vivió en Benarés, en otro mundo, dedicado a contemplar un río que nos mejora los rasgos, jugando al fútbol con niños que pasaban por allí, bicicleteando por las callejuelas atestadas, integrándose en procesiones extrañas y desintegrándose en oraciones que se inventaba. De allí se trajo uno de los libros más hermosos que se hayan publicado en los últimos años: La astucia del vacío.
Allí, en Benarés, se le vino encima una casa y salió incólume de sus escombros, sonriente ante el milagro de poder seguir sonriendo. Allí se salvó mediante el milagro de seguir poniendo las manos para recoger lo que los otros quisieran darle, lo que a los otros les sobraba. Allí volverá el día menos pensado para seguir hablándonos de lo que siempre nos ha hablado la poesía que importa: de nosotros mismos, como un espejo que ha perdido el azogue y nos presenta al desconocido impune que nos habita, el reflejo en el que nuestros rasgos se desdibujan para que nos veamos mejor.”
(Juan Bonilla, fragmentos del prólogo a Mendigo, Antología poética de Jesús
No hay comentarios:
Publicar un comentario